
– No lo sé -dije.
– ¿Le preocupa que me pueda sentir insultada?
– Sí.
– Creo poder soportar eso. ¿Y usted?
– No, sin devolver la afrenta al que la insulte -dije.
– En eso nos diferenciamos las mujeres de los hombres -respondió ella.
De hecho, estábamos en una zona donde la diferencia entre hombres y mujeres era algo que se celebraba. Bordeamos los grupos de hombres al principio de la calle Morton. Noté la mano de Alice haciéndose unos gramos más pesada sobre mi brazo. Morton Street partía en diagonal desde Stockton, abarrotada de hombres. Un carro de la policía estaba en esos momentos dirigiéndose hacia allí, borroso tras la niebla. Había dos policías a bordo, uno de pie con las riendas, y el otro gritando para abrirse paso.
En el soterrado murmullo de Morton Street se alzaron unas voces femeninas lastimeras, interrumpidas por gritos histéricos, lo cual hizo que me detuviera, mientras la mano de Alice se aferraba a mi brazo con más fuerza. Ambos fuimos zarandeados por hombres en estampida.
Entre un enorme barullo de luces y sombras y la flagelante niebla se veían luces rojas y una persiana del mismo color sobre la que pendía un farol de gas. Pude distinguir una especie de tumulto que transportaba una figura tapada sobre una plataforma. Era un cadáver cubierto con una sábana; cuatro hombres lo portaban como si celebrasen una ceremonia primitiva: dos policías y dos civiles, uno con camisa a rayas. El cuerpo era transportado sobre una puerta. Lo llevaron en alto hasta el carro policial, a menos de nueve metros de la posición en donde Amelia y yo nos encontrábamos, rodeados de hombres silenciosos. La puerta y su carga desaparecieron entre las sombras del suelo del carromato. El policía sin casco escaló al asiento del conductor. Era el sargento Nix, con el rostro blanco allá arriba, dos metros por encima del gentío que lo observaba atentamente.
