
De hecho, cuando no estaba echando pestes acerca de una u otra estafa, Bierce era un caballero cordial.
El Hornet era una publicación satírica semanal con sede en California Street, junto al Banco de California y su fachada de altísimas columnas que se elevaban al cielo. El nuevo propietario y editor era el señor Robert Macgowan. Había en nómina un par de reporteros borrachuzos que solían merodear por la comisaría del casco antiguo o la City, una mecanógrafa, un caricaturista llamado Fats Chubb, Dutch John el impresor y su ayudante Frank Grief, un par de tipógrafos y Bierce.
Algunas noches, Bierce y yo salíamos juntos de las oficinas del Hornet, sorteando el tráfico de calesas, carruajes, jamelgos, carros, remolques, jinetes y ciclistas de California Street, cruzábamos la amplia marquesina verde y entrábamos en el Dinkin's. El tráfico en las calles del centro era tan fiero que te jugabas la vida al cruzarlas, y casi todos los días, o eso parecía, el Chronicle, el Examiner oel Alta California publicaban noticias sobre un nuevo accidente grave, sobre gente atropellada y piernas rotas, con la consabida perorata editorial acerca de que Algo Debe Hacerse. Pero nadie hacía nada al respecto, y la situación cada vez iba a peor.
En Dinkin's, con una cerveza delante, a Bierce le gustaba hablar sobre la profesión de escritor. Él era el Todopoderoso Bierce, Bitter
