En el estrecho pasillo que dividía en dos el segundo piso había puertas a intervalos regulares marcadas con números de hojalata. La habitación número 7 medía dos metros y medio por tres y apestaba a fenol. Contenía un somier sin colchón, una silla y un soporte con un cuenco y un jarrón de loza. El suelo había sido fregado y frotado con tanta fuerza que los tablones de pino parecían tan suaves como la gamuza.

Entrevisté a Edith Pruitt en el salón, bajo la supervisión de la señora Cornford. Edith había oído algunos ruidos en la habitación junto a la suya y había visto salir a un hombre. Me senté en una mecedora de madera con el lápiz y la libreta, mientras Edith se quedaba sentada junto a la ventana y la señora Cornford se situaba en medio de los dos. La estancia apestaba a raíz de lirio, a cera de muebles, a sudor y, vagamente, a un olor a flores putrefactas con un ligero toque medicinal.

– Era un hombre joven, según informó al sargento Nix.

– Quizás tan mayor como usted, señor.

– Con barba.

– Con barba rubia, sí. -Edith Pruitt era una chica de campo con unos pechos agradablemente orondos bajo su casto vestido de cuadros y una bonita expresión porcina de mejillas regordetas y ojos pequeños.

– ¿Algún detalle más de su apariencia?

Edith miró a la señora Cornford, que le sonrió tranquilizadoramente. Edith negó con la cabeza.

– ¿Pudo ver el cuchillo?

– Ella no vio ningún cuchillo -dijo la señora Cornford.

Edith mostró sus dientes con una sonrisa nerviosa. Intenté pensar en las preguntas que un reportero experimentado como Jack Smithers formularía.

– ¿Cómo eran los ruidos que oyó?

– Como de alguien cayendo de golpe sobre la cama. Y unos arañazos. No le presté atención. Algunas veces los clientes pagan algo más por servicios extra.



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