
– Esther solía hacer eso -confirmó la señora Cornford asintiendo.
– ¿Cuánto tiempo pasó desde el barullo hasta que vio salir al hombre?
– Ella le dijo al polizonte que alrededor de cinco minutos -dijo la señora Cornford.
– Vea usted, en este negocio una termina siendo capaz de intuir cuánto le falta al cliente para acabar -explicó Edith Pruitt.
La señora Cornford me sonrió. Tenía en su regazo una bolsa de arpillera, de la que sacó un ovillo de hilo azul y dos agujas de marfil.
Cuando volví al tema del hombre que Edith había visto, la señora Cornford replicó:
– El policía grande tenía una fotigrafía. El alto.
– ¿El capitán Pusey?
– El tipo mayor con un mechón de pelo blanco. Ése tenía la fotigrafía.
– ¿Yfue ese hombre el que vio salir del cuarto? -pregunté a Edith.
– Le dije que sí era él -confesó Edith-. Le dije que había oído rumores sobre un cliente, que quizás fuera este mismo tipo, que no tenía minga-sus bonitas mejillas se ruborizaron-. Tenía que atarse un cacharro de cuero. Podría haber sido este mismo.
Edith nunca había visto antes a este cliente, tan sólo había oído hablar de él a Esther. La señora Cornford lanzó una mirada de desaprobación; no sabría decir si por el hecho de que no tuviera minga o por la información mencionada. No, ninguna de las otras chicas había mencionado jamás a dicho cliente.
El asesinato de Marie Gar había tenido lugar en el establecimiento de Rose Ellen Green, pero la señora Green ya estaba harta de mirones y periodistas merodeando y rehusó atenderme a la entrada de su casa. Pregunté a otras madames de un lado y otro de Morton Street si habían oído hablar de un cliente sin minga.
No hubo suerte.
La oficina de Bierce tenía forma de L, y a mí me habían ascendido asignándome un escritorio, una silla y una escupidera justo en la base de esa L.
