
Mientras escribía mis notas, la señorita Penryn asomó la cabeza por la puerta y anunció la visita de la señorita Amelia Brittain. Empujé el escritorio y me puse en pie de un salto. Amelia llevaba un vestido blanco con encaje en la pechera. Bajo la sombra del gorro, su rostro parecía tenso por la ansiedad. Con su falda barrió el vano de la puerta manteniendo los ojos clavados en mí.
Arrastré una silla rodeando la mesa.
– ¡Por favor, siéntese, señorita Brittain!
Ella plegó la falda alrededor de su cuerpo y se sentó, enjugándose la comisura de los ojos con un pañuelo.
– ¡Han arrestado a Beau!
Dejé escapar aire de golpe, sorprendido.
– ¿Por los asesinatos de Morton Street?
– ¡Sí! ¡Es sencillamente… monstruoso! -se secó los labios-. Lo han llevado a prisión, señor Redmond, ¡debo pedirle de nuevo que me ayude!
– Cualquier cosa que esté en mi mano.
– Dicen que tienen su fotografía y que una de las mujeres del establecimiento donde tuvo lugar el crimen lo ha identificado.
¡La fotografía que tenía el capitán Pusey!
– ¡Señor Redmond, tan sólo puedo creer que hay una confabulación! Por supuesto que Beau tiene enemigos, todos los hombres ricos tienen enemigos. ¡También su madre debe de tenerlos!
Comenté que me había parecido curioso que su prometido no la hubiera acompañado al Baile de Bomberos, e inmediatamente deseé no haberlo dicho.
Amelia se levantó de un salto de su silla, con los ojos llameantes por la indignación, luego volvió a derrumbarse.
– Tuvo que ocuparse de unos asuntos de su madre con el señor Buckle -dijo ella, controlando la voz-. Su madre tiene enormes negocios en la City.
– ¿Quién es el señor Buckle?
– Es el administrador de Lady Caroline aquí.
– ¿Quiénes son estos enemigos del señor McNair?
