
– ¡No lo sé!
Que el prometido de Amelia estrangulara y descuartizara a Esther Mooney mientras Amelia y yo bailábamos un vals en el Baile de los Bomberos parecía una coincidencia de lo más improbable.
– Tengo un amigo que es detective de la policía -dije-. Intentaré averiguar qué es lo que tienen en contra del señor McNair. ¿Hablaría McNair conmigo si voy a verle a la cárcel?
– ¡Debe decirle que le envío yo!
– Señorita Brittain, sólo sé que el señor McNair es el hijo de una mujer muy rica. ¿Le importaría contarme algo más sobre él?
Ella se relajó visiblemente en la silla.
– Cuando aún vivía el padre del señor McNair, su casa no estaba lejos de la casa de mi padre. Beau y yo asistimos al Seminario de la señorita Sinclair. Él tenía once años y yo diez.
Sus mejillas se ruborizaron, como un velo rosado subiéndole desde el cuello. El efecto era encantador.
– Fuimos novios. Luego el anciano señor McNair murió y la señora McNair, Lady Caroline, dejó San Francisco y se trasladó a Inglaterra, llevándose con ella a Beau y Gwendolyn.
– ¿Gwendolyn es la hermana pequeña del señor McNair?
– Y muy hermosa -confirmó Amelia, asintiendo-. Hace un mes, Beau regresó para ayudar al señor Buckle con los negocios de su madre y volvimos a vernos. Descubrimos que nuestro afecto mutuo aún es fuerte. Aunque claro, nuestras vidas han sido muy distintas desde la infancia.
Como la de ella y la mía, pensé yo. Mi antipatía por Beau McNair había ido en constante aumento. Dudé si preguntar a Amelia si su prometido frecuentaba los burdeles de fulanas de Morton Street, o quizás los clubs de citas más elegantes del Upper Tenderloin.
– Es atractivo y muy buen partido -siguió explicando Amelia-. Y mi madre ha dado el visto bueno a nuestra relación.
Me pregunté a qué tipo de diversiones se dedicarían los jóvenes casaderos de clase alta.
