Sin duda, Beau McNair tenía un vestuario muy chic, y acostumbraban a hacer excursiones a Cliff House, o pasear por el parque, o acudir al Península, en el área donde algunos de los aristócratas instantáneos de la Veta de Comstock, el Ferrocarril y los Bancos habían construido sus mansiones. Quería saber con cuánta frecuencia ella y Beau se veían, y logré formular la pregunta sin que pareciera que estaba fisgoneando.

– Bueno, no tanto como a él o a mí nos gustaría -dijo ella-. Él ha estado ocupado con los negocios de su madre, como le ocurrió la noche del Baile de Bomberos.

– ¿Y estuvo el señor McNair ocupado con los negocios de su madre la noche anterior a la del Baile?

Sus manos se crisparon apretando el pañuelo… unas manos tan suaves, de dedos largos, y tan hermosas que el corazón me dio un vuelco en el pecho al admirarlas.

– Señor Redmond, ¡si va a ayudarme debe confiar en mí!

– La ayudaré en todo lo que pueda -dije, rindiéndome finalmente.

4

Arrestar: Detener formalmente a una persona acusada de ser excepcional.

– El Diccionario del Diablo-


Tomé el ferrocarril South End-North Beach en dirección a Broadway. Era un día luminoso y el sol brillaba sobre las vías y las fachadas de los edificios. Al pasar por Kearny Street se podían oír las agudas voces de las chicas esclavas de los lupanares de Chinatown.

Fui andando por Broadway hasta Dupont. La cárcel de la City era un edificio de ladrillo con altas cornisas y barrotes de hierro en las ventanas que parecían dientes al aire. El sargento del mostrador de entrada me indicó un pasillo de paredes desnudas. La tercera celda era la destinada a la baja aristocracia; era más grande que las otras, con el mismo camastro pero con tres sillas y frente a la ventana una tosca mecedora en la que Beau McNair estaba sentado leyendo un libro. Me quedé mirándolo a través de los barrotes de la entrada.



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