
Cuando pronuncié su nombre, se levantó de la mecedora de un respingo y ésta quedó balanceándose vacía. Se acercó para hablarme a través de los barrotes. Era un joven atractivo, sin duda alguna, aproximadamente de mi altura pero de complexión más fibrosa, con un traje de color pardo claro y pajarita. Tenía barba rubia, ojos azules ligeramente juntos y cabello rubio desbordándosele por la frente. No se había afeitado.
– ¿Quién es usted? -preguntó.
Le dije que era Tom Redmond, del Hornet, y que la señorita Brittain me había pedido que fuera a verle.
– ¿Es amigo de la señorita Brittain? -preguntó.
– Un conocido.
– Un periodista -dijo, frunciendo los labios.
Le dije que así era.
– Puede informarle de que no estaré aquí mucho tiempo. Ya han avisado al señor Curtis. También han enviado una petición al gobernador. Esto es ridículo… -Paseaba de un lado a otro de la celda, golpeando el respaldo de la mecedora para que volviera a balancearse. Regresó finalmente y se paró delante de mí frunciendo el ceño.
– ¿Qué piensa de la mujer que ha identificado su fotografía?
– ¡Está mintiendo, por supuesto! Los motivos no puedo imaginarlos.
– La señorita Brittain asegura que hay algún tipo de conspiración contra usted o su madre.
– ¡Estúpida confusión, eso es lo que es!
– ¿No es una conspiración, pues?
– ¡Sí, claro que es una conspiración!
– ¿Y tiene alguna idea…?
– No, no tengo ninguna idea, y estoy enfermo y cansado de responder preguntas estúpidas -me miró con desdén y con el labio inferior proyectado hacia fuera-. Si tiene algo de interés que contarme, ¿sería tan amable de soltarlo, amigo?
Tuve que recordarme que era un joven asustado. Permaneció de pie con las manos hundidas en los bolsillos, estirando la tela de modo que parecían pantalones bombachos. Infló y luego relajó los mofletes, como si padeciera de una insuficiencia respiratoria nerviosa.
