– El capitán Pusey -dije yo- tiene cincuenta álbumes de fotografías de delincuentes. ¿Cómo es posible que tuviera su fotografía?

Me mostró los dientes como un gato salvaje en una trampa.

– Supongo que deben de haberme hecho al menos cien retratos dijo él-. Simplemente, ese capitán Pusey de usted resulta tener uno de ellos.

– Me pregunto por qué elegiría mostrar su fotografía a la mujer que vio al asesino en el escenario del crimen.

Beau resopló.

– ¿Piensa usted que el capitán Pusey forma parte de una conspiración?

Pareció recobrar cierto control de sí mismo.

– Escuche -dijo-. Hay gente insatisfecha. Hay gente demente. Hay gente envidiosa. Hay gente a la que le gustaría conseguir cualquier tipo de notoriedad.

– ¿Y eso es lo que está sucediendo aquí?

– Eso es sin duda lo que está sucediendo aquí, sí.

– Estoy muy interesado en esa idea de la conspiración -dije-. Está el asunto de los naipes…

– Me saca de quicio -dijo él- que cualquiera pueda pensar que me gusta rajar a esas fulanas desde el gaznate hasta el coño.

Comenté que me extrañaba que supiera cómo habían sido rajadas.

– Lo leí en los periódicos, por supuesto.

– Ese dato no fue revelado a los periódicos.

Me lanzó una mirada altiva y se volvió para saludar a dos caballeros que habían aparecido.

– Le recomiendo que no hable con periodistas, Beau -dijo un hombre pequeño y de pelo blanco. El otro era más alto, de cabello grisáceo. El carcelero gordo les seguía con su manojo de llaves.

– ¿De qué periódico es usted? -preguntó el hombrecillo. Su expresión era truculenta y tenía el semblante brillante y el cutis tenso; daba la impresión de que su rostro se hubiera escoriado en un incendio.



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