
De esa forma, el viejo conocido con barba de chivo no se marchaba molesto, porque, a pesar de la fiereza con la que Bierce hacía trizas cualquier clase de falsa pretensión que provocara su ira en el Tattle, cuando estaba con sus amigos en un bar rebajaba la acritud de su expresión, o añadía una broma para suavizar su ataque.
Bierce tenía por aquel entonces cuarenta años, lucía elegante estampa y un metro ochenta de estatura, tenía el cabello rubio rojizo, una maraña de cejas y un gran bigote. Su piel era suave y de color rosado y olía a colonia. Tenía cierto porte militar al moverse, pues había sido comandante durante la Guerra. Se decía que era el periodista mejor vestido de San Francisco, con su traje de tweed y cuello alzado, y sus lujosas corbatas sujetas con un alfiler de diamante. Por aquel entonces tenía la impresión de que Bierce era la estrella del momento, reclinado en su silla, rozando el vaso contra una punta del rubio bigote y en actitud reflexiva, probablemente planeando alguna nueva diablura verbal.
El sargento Nix entró a grandes zancadas con su uniforme de chaqueta de nueve botones cruzada y se sentó dejando el casco sobre la mesa. Era uno de los tipos del cuerpo que mantenía a Bierce informado de lo que se cocía en la City.
– Hola, Bierce -dijo, y luego a mí-: Hola, Tom.
Nix y yo habíamos coincidido en partidos de béisbol, cuando el equipo de la policía jugaba contra el de los bomberos, antes de que yo comenzara a trabajar en el Hornet.
Dinkins trajo una cerveza para Nix coronada de cremosa espuma y Nix nos habló de un turbio caso de asesinato ocurrido la noche anterior en Morton Street, un callejón que partía de Union Square con prostíbulos a ambos lados.
– Una francesita llamada Marie Gar -dijo Nix-. Estrangulada y destripada. La encontramos con todas las vísceras fuera, como una trucha.
– Por lo visto hay alguien al que le gustan las mujeres incluso menos que a mí -dijo Bierce entonces.
