
– Debe de ser uno de esos lunáticos que odian los coños -dijo Nix-. Quizás su madre se escapó con un jugador cuando era aún un renacuajo. O alguna puta le desplumó y no pierde la ocasión de trinchar a una hembra.
– ¿Alguna pista? -inquirió Bierce.
Nix tenía cara de matón, con un negro bigote que se enroscaba en las puntas. Asintió, lamiéndose la espuma del mostacho.
– As de picas. El asesino dejó un naipe en la víctima.
– Interesante -dijo Bierce-. Dejó… ¿cómo, si no es molestia?
– Introducida en la boca de la víctima, como una carta en un buzón.
Bierce dejó escapar una risilla.
– As de picas -dije-. ¿Significa muerte?
Ambos se volvieron para mirarme.
– ¿Quizás esto es algo que un joven y flamante periodista como Tom Redmond debería investigar? -dijo Bierce.
– Ames del Alta y aquel otro gordo del Chronicle se han metido de lleno con el asunto -afirmó Nix mientras se rascaba el áspero cabello-. Podrías venirte conmigo a la morgue y echarle un vistazo -me dijo con una mueca siniestra, y a continuación se dirigió a Bierce-: Si quieres convertir a este joven en reportero, va a tener que pasar algún tiempo en la morgue.
– Haré una predicción -dijo entonces Bierce-. Este asunto tiene algo que ver con el Ferrocarril.
Nix resopló. Bierce estaba obsesionado con la Southern Pacific Company, los «granujas del Ferrocarril», como llamaba a los Cuatro Grandes: Leland Stanford, Collis P. Huntington, Charles Crocker y compañía.
– Es una simple deducción -dijo Bierce-. La Compañía de Ferrocarriles del Pacífico Sur está detrás del noventa por ciento de la corrupción del Estado de California. Una palomita estrangulada y destripada es un síntoma de corrupción. Ergo.
Nix y yo le miramos boquiabiertos.
– Cuando un monopolio controla el gobierno del estado, y me refiero a ambas cámaras y ambos partidos políticos, y lo maneja desde sus oficinas en la Cuarta con Townsend, nos encontramos ante un estado desacreditado. La SP posee el monopolio del transporte en el Estado de California, y el monopolio de la corrupción.
