– Pero no controlan al partido Demócrata de la ciudad -dije yo-. El partido Democracia de San Francisco se ha declarado antimonopolio.

– No estés tan seguro de eso, Tom -dijo Bierce desdeñoso.

Lo que Bierce había dicho sobre la SP era del todo cierto. El ferrocarril transcontinental había sido completado en 1869 y desde entonces el monopolio de los Cuatro Grandes había cubierto el estado como una espesa capa de mugre. El Ferrocarril no sólo tenía en su poder la legislatura Republicana, sino que también tenía en nómina a matones y pistoleros, e incluso a sicarios, como ocurrió en la Masacre de Mussel Slough. Y mi padre trabajaba para ellos.

Pero Bierce también denunciaba el tinglado demócrata que controlaba el gobierno de la Ciudad: Chris Buckley, el Jefe Ciego, el alcalde Washington Bartlett y los Auditores, o los que él llamaba «los saqueadores del poder».

Yo pertenecía a un club demócrata llamado La Verdadera Democracia Azul. Algunas veces teníamos broncas con los matones del Ferrocarril, a quienes les gustaba reventar nuestras reuniones.

Nix se acabó la cerveza, dio una palmadita a su casco y se puso en pie.

– Ven conmigo, Tom -me dijo.

Así que me fui con él a la morgue municipal en Dunbar Alley, a ver mi primer cadáver.


Nací y me crié en Sacramento, donde mi padre y mi madre vivían aún en M Street; mi madre sentada en el porche, todos sus hijos ya criados y ausentes, fumando un puro cuando conseguía alguno y viendo pasar los vagones de mercancía. Mi padre, al que llamábamos el Don, tuvo la ocasión de salir beneficiado de la última bonanza. Nunca consiguió sacarse de la sangre la fiebre del oro. Entre viajes y excursiones, trabajaba para la SP en un puesto u otro. Yo sabía que en sus buenos tiempos había perseguido tanto a mujeres como a vetas de plata.



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