
Belinda Barnacle estaba sentada en los escalones sujetando un libro contra su pecho, mirando cómo subía los escalones de madera. Era una niña flaca, de facciones pequeñas y cabello claro y brillante, con el cuerpo aún por formar.
– ¡Buenas tardes, Tom!
– Buenas tardes, Belinda.
No me sentía con muchas ganas de entablar nuestra habitual conversación literaria de las tardes debido a lo que había visto en la morgue. Pero aun así le pregunté qué estaba leyendo.
Ella me mostró la cubierta de uno de los libros que le había prestado: Ivanhoe.
– ¡Buen libro!
– ¿Una judía es como el señor Cohen?
– Sí, parecida.
– Han escrito cosas en su tienda. ¡Judíos fuera! Como lo de ¡chinos fuera!
– La gente escribe también cosas como ésas sobre los irlandeses, Belinda. Se trata de gente miserable que intenta hacer miserables a todos los demás.
Los ignorantes persiguiendo a los indefensos, como habría dicho Bierce. Belinda me había pedido Las Aventuras de Huckleberry Finn, que retrataba tantos personajes miserables, pero yo consideraba que aún no estaba preparada para esa novela. Ésta había sido criticada duramente por lectores a los que les había gustado Las Aventuras de Tom Sawyer. Bierce había alabado el sencillo estilo narrativo, aunque yo sospechaba que estaba celoso por los éxitos de Mark Twain. Bierce era el único escritor famoso, junto a Sidney Lanier, que realmente había servido en la Guerra de Secesión.
Tuve que limpiar el fregadero de la morgue. La visión de aquel desgraciado cuerpo, lívido como la tiza y hecho jirones, me había dejado totalmente asqueado. Se me escapaba totalmente por qué alguien podría desear hacer semejante cosa. No llegué a ver el as de picas.
