Lanzó otra mirada a la ventana por la que había entrado y pareció atrapado durante un instante mientras se debatía entre escapar o cumplir un contrato inquebrantable. Oyeron pasos que se acercaban desde la habitación contigua. Tras rebuscar de manera nerviosa en un bolsillo, el duende sacó una moneda de plata de seis peniques y la lanzó al aire. La moneda parpadeó a la luz de la luna haciendo giros mientras caía. Los seis peniques aterrizaron suavemente sobre la almohada antes de desaparecer limpiamente a través de ella. Sam deslizó una mano por debajo pero se detuvo cuando el duende le gritó de forma violenta.

– Déjala hasta por la mañana, mocoso. ¡Ya me has oído! No la toques hasta mañana.

Se oyó el quejido de una bisagra, y la madera del suelo crujió. El duende se alzó sobre el alféizar.

– ¿Te veré de nuevo? -preguntó Sam.

– Desearás no haberme visto nunca.

El duende saltó por la ventana justo cuando se abría la puerta del dormitorio de Sam. La luz del pasillo se coló en el interior. Era su madre, que encendió la lamparita de noche.

– ¿Estás bien, Sam? Me ha parecido que hablabas en sueños. ¿Has abierto tú la ventana?

La cerró y echó las cortinas. Le alisó de nuevo la almohada y lo besó en la frente antes de estirar las mantas.

– Vuelve a dormir -dijo.

3. Niebla

Ya que la caravana de su primo estaba de camino, Linda la Larguirucha recogía a Terry cada mañana para acompañarlo al colegio. Entonces Terry insistía en recoger primero a Sam y luego a Clive para juntos rezagarse en los últimos metros de la caminata. A Linda aquello no le gustaba. Tenía casi once años y sentía de manera aguda e intuitiva cómo un misterioso velo se retiraba. El velo que daría paso al estado sublime y trascendental de la edad adulta. Pero tal intuición le hacía actuar de modo extraño. Últimamente le había dado por llevar al colegio guantes blancos de encaje todos los días. Sus padres resumían su estado como «depresivo». Cuando no la llamaban Linda la Larguirucha, la llamaban Linda la Deprimida.



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