
Era doloroso para ella, que se tambaleaba en el umbral de la madurez, tener que acompañar a cuatro mocosos feos y gritones al colegio y traerlos también de vuelta, de modo que la perspectiva del comienzo y del final del día y de todo lo que sucedía en medio quedaba estropeada. Era como un castigo exquisito asignado por los dioses de la Grecia clásica. Los chicos siempre estaban diez o quince metros detrás de ella, como un lastre, gritando insultos, mancillando la deslumbrante pureza de sus blanquísimos guantes.
– ¡Vais a llegar tarde! -gritó Linda-. ¡Llegamos tarde al colegio!
Una niebla de principios de otoño cubría los campos, los setos y las aceras como una muselina. Las casas, las paradas de autobús y los postes de telégrafos habían perdido definición. Aquel mundo gris metálico carente de sangre necesitaba una transfusión de color. Pero los setos estaban llenos de telas de araña a modo de lentejuelas y joyas, tenues redes que goteaban esferas plateadas de rocío. Aquella mañana, Linda cometió el error de doblar una ramita para hacer un lazo. Se trataba de una herramienta para recoger telarañas de los setos. -Mirad -dijo-. Alas de hadas.
Los tres chicos se quedaron impresionados por aquel truco. Linda se sintió tan animada de que los chicos se hubiesen dado cuenta de todo el saber que podía ofrecer, que les enseñó a fabricar aros con ramitas de modo que pudiesen recoger las telas de hada ellos mismos.
– ¡Tarde! ¡Tarde! ¡Llegaréis tarde!-gritó de nuevo.
Tenían la clara intención de extirpar de manera concienzuda las telarañas de un tramo de setos de doscientos metros. Entre ellos se implantó una especie de competición mientras se daban codazos, se giraban, se daban golpes y se tambaleaban. La escena parecía una revuelta o un saqueo, en el que los chicos eran responsables de una catástrofe ecológica local.
