– ¡Basta! -bramó Linda.

Ellos la ignoraron.

– ¡Bastaaaaa! ¡Bastaaaaaaaaa!

Pararon. Linda estaba roja. Los chicos la miraron asombrados. Pero ahora que había conseguido llamar su atención no sabía qué decirles.

– Si cogéis demasiadas telarañas -dijo-, ya sabéis lo que pasa.

– ¿Qué? -preguntó Sam-. ¿Qué pasa? Era obvio que Linda estaba improvisando.

– Alas de hada. No quedará nada, para las hadas… con lo que hacérselas.

– ¡Ja! -soltó Terry y lanzó una pequeña bola blanca de escupitajo a la alcantarilla.

– Y -continuó Linda casi gritando- las arañas atrapan moscas.

– ¿Y? -dijo Clive.

– Que habrá una epidemia de moscas. Millones y millones de moscas. Y ya sabéis lo que eso significa.

– ¿El qué? -dijo Sam.

– ¿El qué? -dijo Terry.

– Una plaga. -Linda se giró y avanzó hacia el colegio. Se detuvo tras unos cuantos metros y se dio la vuelta. Los tres chicos la miraban con los ojos abiertos como platos.

Clive fue el que rompió el silencio. Clive, en momentos como aquel, tenía una sonrisa parecida al cordón de un balón de rugbi antiguo. A cualquiera se le perdonaría que quisiese patearla.

– ¿Estás segura? -dijo con aire desafiante.

Linda sintió cómo le ardían las mejillas. Con celeridad se colocó los guantes blancos de encaje sobre el rostro. Entrecerró los ojos y sonrió con maldad.

– La peste bubónica. Si no me creéis, probad a ver qué pasa. Vamos.

Había conseguido ganar la discusión. Linda se giró de nuevo y avanzó a paso rápido. Los chicos se apresuraron tras ella, escarmentados y en silencio. Una vez llegaron hasta la tienda de caramelos, un momento antes del colegio, abandonaron los aros llenos de telarañas grises. En cualquier caso las telas habían perdido toda su belleza. Ya no eran plateadas, delicadas, ni brillaban. Justo cuando se oyó la campana que sonaba en el patio, fueron abandonadas en la cuneta junto a los sucios envoltorios de caramelos y a las hojas muertas.



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