Pero ¿qué se podía hacer? En la sala de heridos vendaron el piececito de Terry y le pusieron una inyección antitetánica. Le acariciaron sus dorados cabellos y le dijeron que tenía que ser valiente como un soldado. No le podían ofrecer dedos de repuesto.

– ¿Un lucio? -repitió el doctor con incredulidad-. ¿Un lucio, dice?

Nev Southall, el padre de Sam, vio como el MG verde volvía del hospital. Tras oír a Sam contar la historia se quedó unos quince minutos sin saber qué hacer y finalmente se marchó a ver qué le pasaba al chico. Se encontró a un Chris Morris muy nervioso que estaba atando un cúter al palo de una escoba.

– ¿Cómo está el muchacho, Chris?

– Durmiendo.

– ¿Qué haces?

– Voy a salir a pescar a ese lucio.

Nev contempló el cúter, el palo y la red que Morris tenía extendida en el suelo y el alma se le cayó a los pies. Si de algo sabía era de atrapar peces.

– Con eso no lo vas a conseguir.

– No tengo otra cosa. -Chris arrojó el palo y la red en la parte de atrás del coche.

Nev sabía que era una pérdida de tiempo, pues el lucio era uno de los peces más difíciles de atrapar, incluso con un buen equipo de pesca. Pero no podía dejar que Chris fuera solo al estanque.

– Espera, tengo algunos aparejos. Hagámoslo como Dios manda.

Nev cogió un par de cañas y carretes, una red de mano y una caja con equipo de pesca. Avanzaron con estruendo por la pista que conducía al lago con Sam sentado en el asiento de atrás. Ya habían dado las cinco de la tarde. El sol era un disco pálido que flotaba bajo en el cielo y que inundaba el estanque con una luz difusa. Sam les mostró dónde había ocurrido el accidente.

– Por mucho que te pongas a pescar no lo atraparás en siglos -dijo Nev mientras colocaba las cañas.

Chris no le escuchaba. Observaba las oscuras aguas con la red preparada como si creyese que el lucio se vería obligado a saltar dentro de ella.



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