
Sam se dio cuenta de que su padre hablaba todo el rato, pero que el padre de Terry no decía nada. No hacía otra cosa que observar las tenebrosas aguas del estanque. Anocheció. Nev creyó que ya había hecho bastante. Ya no aguantaba más aquel sinsentido.
– Otro día, Chris -dijo-. Otro día.
– Marchaos a casa -contestó el padre de Terry-. Déjame la red, ya te la devolveré.
– ¿Estás seguro?
– Seguro.
De modo que Nev y Sam dejaron a Chris Morris escudriñando la oscura orilla del lago y retrocedieron por el sendero a pie.
– ¿Atrapará al lucio? -preguntó Sam cuando ya no les podía oír.
– Ni en un millón de años -contestó su padre.
2. Dientes
Si Terry andaba con dificultad, Clive volaba. Clive, el torturador de tritones, era lo que popularmente se conoce como un «niño superdotado». Si su padres hubiesen sido físicos nucleares o catedráticos de Oxford o Cambridge, tal don no habría representado una maldición tan grande para su padre, Eric, que trabajaba duro en la línea de montaje de Humber, o para su madre Betty, que trabajaba a tiempo parcial en el economato local cortando panceta y reponiendo los estantes.
Siempre es difícil tolerar que te corrija de manera agresiva alguien más joven, pero el hábito de Clive de mejorar el imperfecto cúmulo de conocimientos de sus padres comenzó cuando tenía cuatro años, poco antes de que Terry perdiera dos de los dedos del pie por culpa de un lucio. Para cuando Clive fue a la escuela era bien conocido que podía leer el periódico. No se sabía si esto significaba que, como la mayoría de los adultos, se sumergía en los tabloides cada mañana medio adormilado, o que escrutaba los periódicos serios, desde los comentarios políticos hasta los artículos deportivos y por fin completaba el crucigrama antes del desayuno. El caso es que para cuando cumplió cinco años se decía que leía los periódicos.
