A los seis entró en un concurso de la NASA para escolares. Yuri Gagarin acababa de completar el primer vuelo espacial; John Glenn hacía otro tanto por los americanos; y la NASA consultaba a niños de seis años en las Midlands sobre su programa espacial. Cómo aquel concurso captó la atención de Clive a tal edad es en sí un misterio, el caso es que los escolares fueron invitados a sugerir experimentos que podrían ser llevados a cabo por astronautas previsiblemente aburridos mientras orbitaban alrededor del planeta. Clive sugirió que llevaran arañas al espacio para ver si la condición de ingravidez afectaba a la manera en la que tejían las telas. La nasa lo eligió.

Debido a que ganó el concurso de la nasa, Clive y sus padres iban a volar a Cabo Cañaveral para estar presentes en el lanzamiento del siguiente vuelo espacial tripulado. Su foto apareció en el Coventry Evening Telegraph, con cara seria junto a una enorme telaraña. Aquello que tanto se celebró en el mundo de los adultos era el tipo de fama que peores consecuencias arrastraba en el patio del colegio. Pronto en la escuela comenzaron a llamarlo «El niño araña» y todos los chicos del patio se lo soltaban. Odiaba el mote tanto que pegaba puñetazos a cualquiera que lo usara, y como consecuencia también le devolvieron unos cuantos.

Caminaban de vuelta a casa desde el colegio -Terry, Clive y Sam, acompañados por la prima mayor de Terry, Linda- cuando Clive le dio un puñetazo a Sam en la boca. Aquello provocó que se le soltara el mismo diente de leche que luego iba a causar tantos quebraderos de cabeza.

– ¡Niño araña! -había dicho Sam sin causa aparente.

Clive le soltó un puñetazo en la mandíbula, motivado más por la costumbre que por un enfado genuino.

Sam se quedó paralizado. Clive, que esperaba que se produjera una trifulca, también. Terry se acercó.

– ¿Qué pasa?

Sam escupió en la mano un incisivo de leche que tenía un poco de sangre en la raíz.



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