– El barco todavía no ha llegado al muelle -le dijo a su hermana-. ¿Has visto mis gafas de sol?

Lyssa soltó un suspiro mientras le tocaba con la mano la cabeza.

– ¡Oh! -Zoe alzó la mano y deslizó las gafas de sol desde la cabeza hasta colocárselas sobre los ojos. Volvió a dirigir los prismáticos hacia el pequeño puerto de Haven y no pudo reprimir un leve respingo de excitación-. Dos hombres, Lyssa. Puedo hacer grandes cosas con dos hombres.

Su hermana suspiró.

– ¿Realmente crees que deberías entusiasmarte tanto, Zoe?

– Ya sabes que yo soy muy optimista. ¡Y los vamos a tener aquí durante varias semanas!

Lyssa se sentó en la silla que había al lado de la de Zoe. Un soplo de brisa hizo que el cabello se le elevara sobre los hombros.

– Ya sé que tienes una reputación que mantener, pero me estaba preguntando si…

– No lo digas -la interrumpió Zoe apartándose los prismáticos de la cara y mirando a su hermana con el ceño fruncido-. Tú siempre tienes sensaciones extrañas. Te das cuenta de cosas. Ves señales y portentos, como dices. De acuerdo, pues esta vez soy yo la que tiene un presentimiento.

Delgadas arrugas aparecieron entre las cejas de Lyssa.

– Zoe…

– La casamentera de la isla de Abrigo vuelve al ataque -insistió Zoe-. Incluso he elegido ya a las mujeres que les convienen a esos dos tipos. Susan y Elisabeth.

Lyssa refunfuñó:

– No hace ni dos meses que Susan se divorció…

– ¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra?

– … del último tipo al que tú le presentaste.

Zoe se volvió para mirar de nuevo hacia la bahía.

– Estoy segura de que no me guarda rencor. Lyssa puso una mano sobre el antebrazo de su hermana.

– Por supuesto que no. Nadie te culpa a ti, de verdad. Lo que pasa es que tu labor de casamentera ha sido un poco…

– Venga, dilo. No he conseguido todavía ni un uno por ciento de éxitos.

– ¡Zoe! ¡Ninguna de las parejas a las que has presentado han durado ni un año casadas!



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