
La pierna derecha de Yeager se encogió de golpe con un calambre. Pueblo. Casas.
– Eso suena a que debe de haber mucha gente, Deke -se quejó Yeager.
Más miradas curiosas. Puede que algunas incluso compasivas.
– Te dije que era un lugar aislado, no desierto -se defendió Deke-. Por supuesto que hay gente que vive aquí. Por supuesto que vienen turistas. Pero la mayoría de los turistas van a isla Catalina. Abrigo solo es conocida porque…
Desde detrás de ellos la voz cantarína de un niño les soltó:
– ¿Es mágica?
Obviamente tan poco acostumbrado a los niños como Yeager, Deke apenas si fue capaz de gruñir una sobresaltada réplica.
Mientras intentaba aliviar el calambre masajeándose el rígido músculo del muslo, la inocente pregunta del niño hizo que parte de la crispación de Yeager se atenuara. Mágica, pensó medio divertido por aquella idea. Encantada. Bien, acaso podía intentar convencer a aquella isla mágica para que deshiciera el diabólico hechizo que había caído sobre él.
– ¡Por Dios, mágica! -murmuró Deke para sus adentros con tono de disgusto-. ¿Te parezco el tipo de persona que cree en la magia? ¿Qué se supone que debería decirte?
– Se supone que deberías decir que no te has equivocado de isla -replicó Yeager.
¡Una isla! Su buen humor se evaporó a la vez que volvía a sentir la tensión que le agarrotaba la pierna. Una pequeña roca rodeada de océano. Mierda. Estar allí solo -junto con todo lo demás- seguramente haría que llegara a sentir claustrofobia.
– Me dijiste que no habías vuelto a poner el pie en esta isla desde hace veinte años.
– Créeme -le contestó Deke-, veinte años en Abrigo pueden ser lo mismo que veinte minutos. Pocas cosas habrán cambiado.
