
Piloto de caza. Eso era Yeager. Un hombre que no necesitaba nada más que un lugar en el que dormir y un programa de entrenamientos que incluyera muchas horas en el aire. Un piloto, un astronauta.
De acuerdo, un hombre de las estrellas. Pero Yeager meneó la cabeza. Después de todo, no le debía nada a un mocoso entrometido con aliento de pirulí de fresa.
El barco dio una sacudida y Suspiros trató de mantenerse en equilibrio apoyando una mano sobre el brazo de Yeager.
– Cantaste una canción. Me gustó mucho.
Yeager gruñó dejando que la amargura que sentía saliera a relucir. ¡La de cosas que había llegado a hacer por su país! No entendía cómo los tipos del Barrio Sésamo le habían convencido para que uniera su horrorosa voz de barítono a la de aquel desgarbado pájaro amarillo para formar un dúo. No había podido sacarse la letra de aquella canción de la cabeza durante semanas. Decía algo sobre que todos los seres y todos los pájaros necesitan un lugar en el que descansar.
– Odio aquella canción -murmuró Yeager.
– ¿Qué?
Yeager abrió la boca para repetir la respuesta, esta vez en voz alta. Pero entonces se imaginó a Suspiros de pie, a su lado. Se lo imaginó con el sombrero y la cabeza llena de plumas de la gallina Caponata. Y con los grandes ojos Elmo y aquella nariz redonda estremeciéndose de emoción. Y pensó en el montón de niños de Barrio Sésamo que con estrellas y lunas en los ojos lo habían estado mirando.
Tocado.
Con un gesto de resignación, colocó el papel sobre su muslo dolorido.
A su lado, Deke le dijo riéndose de él:
– He estado oyendo rumores desde el día del accidente. Algunas mujeres decepcionadas han empezado a asegurar que has pasado de ser un play boy a convertirte en un boy scout. Pero hasta ahora no las había creído.
