Yeager pasó por alto aquel comentario, especialmente la indirecta acerca de las mujeres decepcionadas y de haberse convertido en boy scout. Ya se enfrentaría con ese problema más tarde. Con dedos renuentes empezó a garabatear su nombre en el papel.

Pero solo su nombre de pila. Aunque Suspiros se lo enseñara a papá o a mamá, ¿qué podría significar para ellos «Yeager»?

No tenía sentido pensar que podrían relacionarlo con Yeager Gates. Con el Yeager Gates que tiempo atrás había explprado el universo, pero que ahora apenas si podía cruzar la calle sin ayuda.

Y mucho menos un «Yeager» escrito en un trozo de papel, a lápiz, por un tipo que buscaba aislarse, que tenía una herida reciente en la cabeza y una cicatriz en la cara, y que hasta hacía muy poco había estado completamente ciego.


Como en el cuento de Camelot en el que el rey Arturo decreta que haga un tiempo idílico, la niebla no se atrevía a rozar los límites de la isla de Abrigo. Zoe Cash se sonrió ante aquella rocambolesca idea y acto seguido se encontró a sí misma saliendo de la cocina hacia la mañana ahora luminosa.

Aquella luz siempre la dejaba embelesada. Especialmente los diferentes tonos de su isla: el frío brillo de la luna, las abrasadoras llamas de una hoguera en la playa, los destellos de la luz de la mañana atrapada en las últimas gotas de rocío sobre la hierba del jardín.

Aunque tenía montones de cosas que hacer aquel día, dejó a un lado su lista mental de quehaceres para abandonarse en una ensoñadora satisfacción, mientras avanzaba por el camino que separaba su casa, Haven House, de los apartamentos en los que se alojaban los turistas del bed-and-breakfast que regentaban ella y su hermana Lyssa. Se detuvo para sentarse bajo un pequeño murete de piedra, delante del jardín escalonado que se extendía por la ladera de la colina. Estiró las piernas desnudas bajo la luz del sol y respiró profundamente aspirando la mezcla de aromas que impregnaba el aire.



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