Hank suspiró y se repantigó en su silla.

– Porque no estoy enamorado de Linda Sue ni de Holly. Ni tampoco de Jill Snyder, ni de Mary Lee Keene, ni de Sandy Ross.

Maggie empezaba a inquietarse.

– ¿Cuántas mujeres ha metido en casa de su abuelita?

Hank notó que la irritación hacía fruncir la nariz de la muchacha y en sus oídos de solterón las campanas de emergencia comenzaron a tañer.

– No me diga que va a empezar a ladrar como una esposa de verdad.

– Escuche, Hank Mallone. No piense ni por un segundo que usted va a salir corriendo detrás de cuanta falda se le cruce por Skogen, mientras yo hago el papel de la pobre esposa digna de lástima. Como podrá imaginar, tengo mi orgullo.

Sí, señor. Decididamente, esa mujer convertiría su vida en un infierno, pensó Hank. Dejaría su sello personal estampado en todo lo relativo a esa locura de la esposa alquilada. Lo obligaría a levantar la tapa del inodoro y le prohibiría guardar los envases de leche vacíos en el refrigerador. Y, peor aún, lo manejaría con una rienda bien cortita. Se pararía desnuda bajo su ducha, con un enorme cartel tatuado en su delicioso trasero que dijera: “Las manitas en los bolsillos”. Se presentaría cada mañana a desayunar a su mesa, pavoneándose con una camiseta, sin sostén y Hank tendría que comerse los codos. La sola idea de haber tomado en cuenta una idea tan disparatada lo convertía en un loco rematado.

– Una pregunta más -dijo Maggie-. ¿Por qué ha venido a Nueva Jersey a buscar esposa?

– El año pasado asistí a un taller de entomología que se dictó en Rutgers y duró seis semanas. Supongo que el romance comenzó allí. Y seré absolutamente franco con usted. Quiero alguien que venga de un pueblo lo bastante alejado del mío, como para que no se convierta en una carga o un trastorno cuando este contrato llegue a su término.

– Qué afortunada soy.

Rayos. Ahora la loca parecía ella.



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