
– No hay necesidad de tomarlo como algo personal.
Hundió los dientes en su hamburguesa y masticó vigorosamente. Detestaba que la encuadraran en la categoría de posible carga o trastorno. Era como sugerir que se enamoraría de él, o que sería un bufón social.
– ¿Y por qué presume que su esposa alquilada se convertiría automáticamente en una carga o un trastorno?
– Tengo que medir todas las consecuencias. Ésa sería la peor.
– Bueno, le aseguro que no seré ni una carga ni un trastorno.
– ¿Significa que aún quiere hacer de esposa?
– Eso creo. Siempre y cuando no tenga obligación de planchar.
– Ya le dije que he contratado a una mucama. Es un poco vieja, pero al parecer, todavía sirve para esos menesteres. Se presentó por un aviso que publiqué en el periódico de Filadelfia.
Ahora que todo estaba arreglado, Maggie experimentó cierta ansiedad. Iría a vivir a Vermont y tendría tiempo para escribir su libro. El párpado prácticamente había dejado de latir y los pies se le iban solos, ansiosos por ponerse en acción.
– ¿Cuándo desea que comience con mis obligaciones conyugales?
– ¿Cuánto demorará en empacar?
Examinó la pregunta un momento, calculando todos los asuntos que debía resolver: notificar a la empresa de servicios públicos, a la telefónica y al repartidor de periódicos. Tal vez, debería invertir más tiempo en el subalquiler de su departamento, pero bien podía dejar todo en manos de alguna inmobiliaria.
– Una semana.
AL parecer, una semana era una eternidad para Hank. Maggie podría cambiar de opinión en ese lapso; encontrar otro empleo; enamorarse de otro y casarse con él.
– En realidad, tengo bastante prisa por procurarme una esposa -confesó-. ¿No cree posible acortar el plazo hasta mañana?
– Decididamente no.
– No será una de esas coloradas cabeza dura, ¿verdad?
Detestaba que la tacharan de colorada cabeza dura -sobre todo, porque era la pura verdad.
