– No soy una colorada cabeza dura -replicó-. Pero mudarme mañana es totalmente irracional.

– Bueno. Pasado mañana.

– Necesito tres días como mínimo.

– De acuerdo -aceptó Hank-. Tres días.

CAPÍTULO 2

Llovía cuando Maggie y Hank llegaron a la frontera del estado de Vermont, a las cuatro de la tarde. Dos horas después, Hank abandonó la carretera principal que en excelentes condiciones viales corría de norte a sur, para tomar un camino secundario. Éste se estrechó casi de inmediato, abriendo un sinuoso paso en torno al pie de las colinas y atravesando el corazón de pequeños poblados y parques nacionales. El agua se escurría a los costados del camino, desprovisto totalmente de vallados protectores, mientras la lluvia descendía en desprolijos remolinos por el parabrisas de la vieja camioneta roja. Con el rabillo del ojo, Maggie espiaba ansiosamente por las empañadas ventanillas, tratando de asimilar cuanto pudiera del panorama que Vermont le ofrecía. No Importaba que lloviera a baldes; ni que el cielo apareciera como una implacable coraza de plomo; ni que las vacas, reunidas en pequeñas manadas, hubieran convertido las pasturas en un viscoso lodazal. Desde su óptica, todo era nuevo y maravilloso. Allí no existía la Fábrica de Abrigos Markowitz, ni las casas de ladrillos con celosías, ni los ojos chismosos pasmados entre cortinas semiabiertas, como testigos de la nueva locura de Maggie Toone.

– ¿Falta macho? -gritó ella, tratando de tapar el bullicio del motor y el incesante tamborileo de la lluvia sobre el techo del vehículo.

– Siguiendo tres kilómetros más por este mismo camino, llegaremos a Skogen. De allí, son sólo unos cinco kilómetros más.

De pronto se toparon con un pozo en el camino y el barquinazo lanzó a Maggie contra el tablero.

– Creo que necesita amortiguadores nuevos.

– Hace un año que los necesito.



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