
– ¿Y no le parece que el motor hace un ruido raro?
– Son las válvulas -explicó él-. Están gastadas.
– Debí haber traído mi auto.
– Ya hemos discutido ese tema detenidamente. Usted tiene un auto deportivo. Nadie va a creer que me ha convertido en un modelo de virtud y en un trabajador ejemplar si la ven corriendo como un cohete en ese despampanante juguetito rojo.
A los lados del camino, las casas iban apareciendo con creciente regularidad. No bien pasaron junto a un horrendo edificio amarillo con un cartel que decía Escuela Primaria de Skogen, llegaron a Main Street, la calle principal, con sus espaciosas casas de blancos techos de madera y prolijos jardines. Era un típico pueblo de Nueva Inglaterra, donde dominaba la Iglesia Presbiteriana de Skogen, con su capitel blanco lanzado hacia el firmamento a través de la espesura de la lluvia. La tienda de ramos generales de Mamá Irma se hallaba a la derecha, semioculta entre dos surtidores de gasolina y un cartel que publicitaba carnada viva y pasteles frescos. A continuación aparecieron la inmobiliaria Keene, la peluquería de Betty, el bar de Skogen y el Primer Banco Nacional y Fiduciario de Skogen. En eso consistía todo el pueblo. El distrito comercial terminó poco después, a medida que la camioneta roja seguía su rumbo. El terreno se presentó más ondulante y comenzaron a asomar los primeros manzanos.
Hank tomó por un sendero privado que conducía hacia el manzanar.
– Desde aquí no podrá ver la casa porque está construida en un bajo. Pero se encuentra justo detrás de esta colina que tenemos frente a nosotros.
Maggie se inclinó hacia adelante y desempañó el parabrisas con la palma de una mano. Echó un vistazo a través del húmedo círculo que había despejado y soltó una exclamación de aprobación cuando la gigantesca residencia blanca apareció ante sus ojos. Era tal como la había imaginado: techo de pizarra gris, resbaladizo por el agua de lluvia, dos pisos de maderamen, con muchas ventanas y una amplia galería que se extendía alrededor de toda la casa. Allí dormía un perro grande, negro. Cuando oyó que la camioneta ingresaba en la propiedad, levantó la cabeza. Maggie advirtió que su espesa cola iniciaba un rítmico golpeteo sobre el piso de madera de la galería.
