
– Ése es Horacio -explicó Hank-. ¡Vaya, qué alegría volver a casa!
Maggie apretó con más firmeza la jaula plástica que tenía apoyada sobre la falda, en la que transportaba a su gata.
– No me había hablado de Horacio.
– Somos compinches. Hacemos todo juntos.
– No cazará gatos, ¿verdad?
– No, que yo sepa -Había aterrado a más de un conejo, pensó Hank. Y una vez, hasta llegó a atrapar una ardilla. Pero a su entender, Horacio jamás se había interesado por los gatos.
– Pompón siempre ha sido una gata de departamento -dijo Maggie-. Nunca ha visto un perro. Realmente, es un dulce.
De reojo, Hank echó un rápido vistazo a la jaula plástica que contenía al animal. Pompón, la gata de departamento, maullaba con unos gemidos tan sobrenaturales que los pelos de la nuca se le erizaron.
– Parece… molesta.
– No te preocupes -dijo Maggie, hablando con la jaula-. Te sacaremos de aquí enseguida. Te llevaré a la casa y te abriré una deliciosa lata de alimento para gatos.
Cuando Hank detuvo la camioneta, Horacio movía la cola con tanto júbilo que todo su cuerpo se sacudía. Hank abrió la puerta y el animal salió disparado a toda velocidad. Corrió hacia Hank y le plantó sus fuertes manazas sobre el pecho. Ambos cayeron al barro, con un chapoteo sordo y un improperio irreproducible.
Maggie los miró y preguntó-: ¿Se encuentra bien?
– Sí -contestó Hank. Estaba completamente desparramado en el suelo, boca arriba, con la espalda enterrada unos quince centímetros en el lodo. Horacio seguía parado sobre su pecho-. Estoy hecho una preciosura.
Maggie trató de salir con alguna ocurrencia positiva.
