– Sin duda Horacio parece muy contento de volver a verlo.

“Y esto no es nada -pensó Hank-. Espera a que descubra a tú Pompón.”

– ¿Puedo ayudar en algo?

La lluvia se había intensificado, de modo que Maggie tuvo que gritar para que la oyera. Hank estaba empapado hasta los huesos y el agua mugrienta, chocolatosa, le ensopaba las piernas de los pantalones.

Ésa debía ser una de las peores ideas que jamás había tenido, pensó Hank. ¿Podría llegar a ahogarse si se acostaba en el charco boca abajo?, se preguntó. Por el momento, le pareció la alternativa más atractiva. Miró a Horacio y experimentó cierto alivio. Por lo menos su perro lo creía un ser maravilloso. Lo que Maggie Toone estaba pensando de él escapaba a su imaginación. Decididamente, ése no era uno de sus momentos gloriosos.

– ¿Por qué no entra con Pompón? Yo iré luego. La puerta debe estar abierta.

Maggie asintió y descendió de la camioneta, apretando la jaula del animal. Corrió lo más rápido que pudo, pero, de todas maneras, al llegar al porche estaba empapada. Las gotas de lluvia le caían desde la punta de la nariz y desde los rizos rojizos de su cabellera. Se quitó los zapatos y entró en el vestíbulo.

– Hola -llamó, esperando encontrar a la mucama prometida. Pero la casa estaba oscura y solitaria. Sintió un repentino temor. ¿Y si no había ninguna mucama? ¿Si todo aquello no hubiera sido más que una trampa para una mujer sola? Vaya ridiculez, se dijo. La agencia de empleos había investigado a fondo los antecedentes de Hank Mallone. Había exigido un depósito de seis meses de sueldo y se aseguraron de que el hombre no tenía antecedentes penales. Hank Mallone era exactamente la persona que aparentaba ser, se dijo, tratando de convencerse, aunque no estaba segura de que lograra serenarse.

Hank permaneció un rato al pie de la escalinata de la galería para que la lluvia lavara lo grueso del lodo que se le había quedado adherido. Luego buscó refugio bajo el techo del porche, se escurrió el agua de la cara y se sacudió como un perro. Miró a Maggie por la puerta de vidrio. No había sido una buena bienvenida, pensó. La muchacha tenía los ojos desorbitados y sus labios apretados denotaban una expresión de angustia. Hank no podía culparla si sentía temor y comenzaba a arrepentirse de haber aceptado la propuesta. Él debía parecerle una bestia, un degenerado.



16 из 144