
– No se preocupe -le dijo-. No soy tan estúpido como parezco. No podría serlo jamás.
– No estoy preocupada -contestó ella, tratando de mantener firme el tono de su voz-. En realidad, tengo muchas agallas. Una vez recogí una serpiente con un palo.
Hank sintió que una sonrisa nacía en su estómago y se expresaba ampliamente a nivel de los labios. Qué linda se ponía cuando trataba de mostrarse valiente.
– Esto es diferente -dijo él, agitando las cejas-. Es una cuestión de relación hombre mujer. Probablemente le preocupe el hecho de encontrarse aquí, sola, con un sujeto tan inepto.
Maggie soltó una risita tonta. Por lo general, no tenía por costumbre reírse así, pero la carcajada surgió espontáneamente, consecuencia de su alivio y gratitud.
– Gracias. Supongo que necesitaba consuelo.
Inadvertidamente, los ojos de Hank se posaron en la camisa mojada de Maggie, perfectamente adherida a sus senos altos y voluptuosos. Una expresión de dolor embargó su rostro.
– Bien. Ahora usted puede consolarme a mí. No soy ningún pervertido sexual, ¿no? -Porque así era como exactamente se sentía. Tenía barro en las orejas, los calzoncillos hechos sopa y sus zapatos chapoteaban cada vez que daba un paso. Sólo un degenerado podría excitarse en semejantes circunstancias, pensó. Y la camisa mojada de Maggie no fue la única culpable; también sus pestañas, que, mojadas, parecían espigadas y la fragancia de su champú, revitalizada por la lluvia-. Qué situación extraña -comentó-. Es la primera vez que aparento estar casado.
