
Otra vez, Mabel y tía Marvina alzaron los ojos al cielo.
– Esto es una locura -declaró tía Marvina-. ¿De qué vas a vivir? ¿Cómo harás para pagar el alquiler?
– Estoy buscando un empleo que no sea tan exigente como la docencia. Tal vez un trabajo de media jornada, que me permita pasar la mayor parte del día escribiendo. De hecho, esta misma tarde tengo una entrevista.
Contempló azorada su plato vacío, preguntándose cómo había hecho para devorarse esa segunda porción tan gigantesca. Hasta la cera de las velas había desaparecido. Hizo sonar los nudillos de los dedos y carraspeó. Tenía una curiosidad: ¿se darían cuenta si se servía una tercera porción?
– ¿Qué clase de empleo es? -preguntó Mabel.
– Será un libro maravilloso -contestó Maggie-. El diario de tía Kitty contiene mucha información…
Su madre no estaba dispuesta a permitir que le cambiara el tema.
– Te he preguntado por el puesto. ¿Qué clase de trabajo es?
– Este almuerzo ha sido una excelente fiesta de cumpleaños. El pastel estuvo estupendo, pero debo irme de inmediato -Ya se había puesto de pie. Tenía el bolso colgado del hombro y los regalos apretados bajo el brazo. Besó a su madre y dio un abrazo a su tía.
– El empleo -insistió la madre.
Maggie empezó a caminar rumbo a su auto.
– Nada de qué preocuparse. Un hombre desea alquilar una esposa y yo debo reunirme con él a las tres y media para tomar un café -Maggie ocupó su sitio al volante, cerró la puerta abruptamente, la trabó, subió la ventanilla y puso el acondicionador de aire al máximo. Insertó de un golpe un casete en la grabadora y volvió la cabeza para mirar a su madre y a su tía Marvina. Las vio articular los labios, pero no pudo descifrar ni una palabra de lo que decían. Se quedó observándolas unos momentos mientras su tensión se disipaba. Sí, hasta el tic se le había aliviado. Sonrió con amabilidad y agitó la mano en el aire a modo de despedida. Con ese gesto, abandonó la casa.
