
Maggie pensó que debía proponerse firmemente dejar de beber tanto café. El corazón le latía a un ritmo tan vertiginoso que parecía golpearse contra el pecho. Prefirió no atribuir esa reacción al aspecto del hombre sentado frente a ella, dolorosamente apuesto. Tampoco quiso relacionarla con su voz suave y sensual, ni con sus cálidos ojos color chocolate. Sin duda la causa estaba en la cafeína. Demasiada. Así de simple. Apartó el pocillo para evitar la tentación de otro sorbo, pero como la buena voluntad no era uno de sus atributos más descollantes, volvió a acercárselo y bebió un buen trago. Ahora que se había decidido a asumir el rol de esposa, pensó esperanzada en el Salón Nacional Polaco.
– ¿Cree que deberíamos organizar una fiesta? -preguntó a Hank Mallone-. ¿Le parece bien una recepción después de la boda?
El rostro de Mallone reflejó una expresión de auténtico espanto. Apenas si podía pagarse la hamburguesa que tenía frente a sí como para soñar con la descabellada idea de una fiesta de bodas. No tenía ningún par de zapatos negros; odiaba la pompa y las ceremonias; no sabía bailar y, por sobre todas las cosas, Maggie Toone no reunía ni remotamente los requisitos que él exigía en una candidata a esposa.
– No -contestó sin rodeos-. No me parece bien que organicemos una fiesta de bodas.
Maggie miró a su alrededor como al pasar. El restaurante no era horrendo, pero tampoco de lo mejor. Apenas superior a cualquier bar de comidas rápidas. Las plantas que colgaban del cielo raso eran naturales y el piso estaba relativamente limpio. Decidió que todo podía haber sido peor. El hombre podía haberla invitado a lo de Jake el Grasiento a comer salchichas con chili.
– Fue sólo una idea -sonrió ella-. Me encantan las fiestas.
Sorprendido al advertir que le correspondía la sonrisa, Hank se obligó a endurecer su expresión al instante.
