Supuestamente estaban compartiendo un almuerzo de negocios. Había citado a esa mujer para alquilarla como esposa y tenía ideas bien concretas al respecto. Había solicitado a la agencia que la candidata fuera una fría rubia de ojos azules y largos cabellos lacios recogidos en un rodete sobre la nuca. Su esposa ideal tendría que ser sofisticada y recatada; la anfitriona perfecta para lucir un traje sastre o un modesto vestido negro. En síntesis, debía ser una mujer que le provocara un rechazo absoluto.

Pero Maggie Toone no reunía una sola de esas condiciones. Se trataba de una muchacha endiabladamente bonita, de cabellos rojizos que flameaban rebeldes en apretados ricitos. Tenía la nariz respingada, penetrantes ojos verdes y pecas por todas partes; además, unos cuantos centímetros menos que la escultural esposa que él había encargado. Su voz era demasiado ronca; la risa, contagiosa por demás.

– Lo lamento, señorita Toone -le dijo-, pero me temo que usted no es exactamente lo que busco.

– ¿Y qué es lo que busca?

– Una rubia.

– Puedo ser rubia.

– Sí, pero yo quería una mujer más alta.

– Puedo ser más alta.

– No es nada personal -insistió él-. Si yo me hubiera lanzado al mercado a buscar una esposa de verdad, usted sería la primera de la lista. Pero desgraciadamente, no creo que sirva para esposa ficticia. Necesito alguien diferente.

Maggie se inclinó hacia adelante, apoyando un codo sobre la mesa.

– Señor Mallone, no sé cómo decirle esto, pero me contrata a mí o a nadie. Soy el único recurso de la agencia. Ninguna mujer se ha desquiciado a tal punto como para aceptar un trabajo de esposa e irse a vivir a los quintos infiernos de Vermont durante seis meses.

– ¿Me está tomando el pelo? Este es un empleo maravilloso. Vermont es muy bonito. Le ofrezco casa y comida y, además, le queda el sueldo limpio. Hasta he contratado una mucama -La estudió con detenimiento-. Si es un trabajo tan denigrante, ¿cómo es que usted se ha postulado? ¿Cuál es su problema?



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