La pregunta la confundió un poco, ya que, en el fondo, a ella la angustiaba la misma inquietud. ¿Cuál era su problema? ¿Por qué jamás estaba a gusto con los convencionalismos? Tía Marvina sostenía que Maggie se la pasaba haciendo locuras para llamar la atención. Pero Maggie sabía que no era cierto. Nunca le había interesado la atención de los demás. Simplemente, su escala de prioridades era diferente. Dejó de lado sus dudas y, desafiante, alzó apenas la nariz.

– Soy profesora de inglés en la escuela secundaria y me he tomado una licencia de un año para escribir un libro. Vermont sería un lugar ideal para mí -Cualquier ciudad que estuviera a más de trescientos kilómetros de Riverside lo sería, pensó. Amaba a su madre y a su tía Marvina, pero necesitaba alejarse de aquel pequeño pueblo de casas de ladrillos, calles sinuosas y minas de arcilla.

Examinó a Hank Mallone y se preguntó si estaría haciendo lo correcto. Tenía el pelo oscuro, casi negro y un tanto largo para ser el magnate que ella esperaba. En la agencia de empleos le habían dicho que era presidente del directorio de Mallone Enterprises, aunque más bien parecía un modelo de alguna publicidad de cerveza. Espesas cejas negras enmarcaban sus ojos, armonizando con el bronceado de su tez. La nariz era recta; la boca, tierna y sensual; su cuerpo, perfecto; hombros anchos, caderas estrechas y una masa muscular cuyo volumen superaba con creces las expectativas de cualquier ejecutivo.

– En la agencia de empleos me informaron que usted es presidente del directorio de Mallone Enterprises. ¿Es así?

El rostro de Hank se encendió.

– Me temo que han exagerado un poco las cosas. Soy propietario de los Manzanares Mallone y de una pequeña fábrica. En realidad, no es una fábrica. La llamamos así porque en Skogen, Vermont, no existe ninguna fábrica auténtica. En realidad, sólo se trata de un gran galpón de metal corrugado, donde la señora Moyer y las mellizas Smullen preparan las tartas. Luego las vendemos en la tienda de ramos generales de Mamá Irma.



7 из 144