La idea de alquilar una esposa le había parecido magnífica el día anterior, cuando se puso en contacto con la agencia de empleos. Pero ahora que tenía a la candidata frente a frente, Hank Mallone se sentía como un reverendo idiota. Los hombres normales e inteligentes no salen por allí a alquilar esposas. ¿Cómo podía explicar su imperiosa necesidad de procurarse un cónyuge de inmediato sin aparecer como un infeliz? Lo último que necesitaba era ponerse en ridículo ante la dama que tenía frente a sí. En un primer momento, su intención fue contratar una mujer a la que pudiera ignorar fácilmente, pero terminó con una bomba pecosa que lo incitaba a pensar en los arreglos de alcoba. Sus planes se desbarataban. Si se llevaba a Maggie Toone a casa, su vida se convertiría en un infierno. Vagamente, consideró la posibilidad de consultar con otra agencia, pero sabía que ya era demasiado tarde. Estaba atrapado. Ignoraba la razón exacta, pero tenía plena conciencia de que era incapaz de negar algo a aquella versión adulta de la Huerfanita Annie. Si ella deseaba instalarse en Vermont para escribir su libro, Hank removería cielo y tierra para darle el gusto. Apretó los labios con expresión de contrariedad.

– ¿Y bien? ¿Qué me dice? ¿Todavía quiere el empleo?

Maggie ya lo había decidido, pero pensó que no le vendría nada mal torturarlo un poco.

– En la agencia me informaron que usted sólo deseaba una mujer que estuviera en la casa y de vez en cuando hiciera de anfitriona. ¿Correcto?

– Sí.

– ¿No me pediría nada más?

– No.

Maggie le dirigió una prolongada y pensativa mirada. Si ese hombre estaba tan desesperado por conseguir una esposa, ¿por qué simplemente no salía a buscarla y se enamoraba de verdad? Era un tanto sospechoso.

– ¿Qué problema tiene usted? ¿Es… raro?



8 из 144