
El color reavivó las mejillas de Hank.
– ¡No, Dios santo!, necesito una esposa sólo por algunos meses -Se llevó una mano al cabello-. Quiero reinvertir en mi empresa para expandirla, pero todos los bancos locales se niegan a otorgarme crédito. Desconfían de mi estabilidad como ciudadano.
Maggie arqueó las cejas.
– ¿Y por qué?
– Nací en Skogen, pero me fui del pueblo no bien aprendí a descifrar un mapa. Como había jugado hockey toda mi vida y lo hacía bastante bien, decidí probar suerte en el ámbito profesional. Y estuve a punto de lograrlo -Hizo un ademán con los dedos-. Siempre fui bastante bueno para dejarme llevar por la corriente, pero pésimo para tomar decisiones definitivas. Cuando lo del hockey no funcionó, estuve un tiempo vagando de aquí para Allá, tratando de encontrar algo que despertara mi interés. Supongo que para los habitantes de Skogen yo debía ser un individuo bastante informal. Por fin decidí seguir mis estudios. Me inscribí en la universidad de Vermont, en la carrera de agricultura y comercialización. Pero nunca me gradué -La sonrisa que durante tanto tiempo había estado reprimiendo, asomó por fin a sus labios-. Las fechas de exámenes suelen coincidir con el comienzo de la temporada de pesca o con la época de mejor nieve en el monte Mansfield. No me parecía correcto renunciar a la nieve sólo para demostrar que sabía algo sobre determinado tema.
Maggie asintió, comprensiva. A menudo había experimentado idéntica sensación.
– La mayor parte de la gente piensa que tengo actitudes irresponsables -dijo él.
– Eso depende de lo que usted pretenda de la educación. Si quiere tener los conocimientos, pero el título no le interesa, entonces puede darse el gusto de ir a esquiar en épocas de exámenes. Claro que yo jamás aceptaría semejante excusa por parte de uno de mis alumnos.
– Bueno, en realidad, no falté a todos mis exámenes. Durante los dos primeros años, llovió bastante. De todas maneras, todos en Skogen pensaban que estaba perdiendo tiempo y dinero.
