
Corrió a su dormitorio y buscó los gemelos que le había comprado a David para su próximo cumpleaños. Eran de plata con incrustaciones de diamantes, y le habían costado una fortuna.
Su acompañante alzó las cejas, asombrado, cuando ella le pidió que extendiera las manos. Rápidamente le cambió los gemelos, y cuando levantó la mirada, lo sorprendió observándola con una expresión de tierna ironía que la hizo estremecerse de emoción. Después de observar con atención los espléndidos gemelos, fijó sus ojos brillantes en el collar y en los pendientes que lucía.
– Me alegro de que hagan juego con sus joyas -murmuró.
– Aquí tiene las llaves de mi coche, señor Harker -pronunció Jennifer, ignorando su comentario-. ¿Nos vamos?
Se dirigieron al garaje, pero cuando abrió la puerta para descubrir su estupendo todoterreno, empezó a experimentar ciertas dudas.
– Quizá sea mejor que conduzca yo -extendió la mano para recoger las llaves, pero Steven no se movió.
– Suba al coche -le dijo él con una tranquila firmeza que la sorprendió-. He venido aquí para hacer de acompañante suyo, y lo haré con propiedad. No quedaría bien que usted condujera. La gente podría pensar que ha tenido que contratarme.
Jennifer se abstuvo de replicar y subió al coche. Él empezó metiendo la marcha atrás con soltura, como si condujera ese tipo de coches todos los días.
– ¿Qué rumbo seguimos?
– Vamos al centro. Diríjase a la plaza Trafalgar y ya le indicaré yo desde allí.
Cuando ya estaban en la carretera, Steven le preguntó con naturalidad:
– Bueno, ¿qué cuento vamos a contarle a la gente?
– ¿Cuento?
– Acerca de nosotros. Si alguien nos pregunta, tendremos que responderles lo mismo. ¿Cuándo nos conocimos?
– Oh… la semana pasada.
– Eso es demasiado reciente. ¿Por qué no el mes pasado?
– No -se apresuró a decir-. Eso es mucho tiempo.
