
– No estés tan seguro -declaró con tono ligero-. Podría convertirme en un grajo agresivo.
Steven se echó a reír. Era una risa vibrante, llena de ricos matices, y varias personas se volvieron para mirarlos, incluido David. Inmediatamente Jennifer forzó una sonrisa mientas fijaba la mirada en su rostro.
– Muy bien -pronunció Steven, interpretando correctamente su gesto-. Si es a eso a lo que quieres jugar… -la atrajo con fuerza hacia sí, mirándola con expresión ardiente-. Eres maravillosa. Espero que David te valore en lo que realmente vales.
– Por supuesto.
– ¿Te ha hablado de matrimonio?
– A su manera -respondió después de un ligero titubeo.
– ¿Qué significa eso?
– Con hechos, y no con palabras.
– No te engañes a ti misma, Jennifer. Tú deseas que te pida en matrimonio, y no lo ha hecho. ¿Por eso discutisteis?
– Eso no importa.
– Claro que importa. Hasta la medianoche yo seré tu nuevo amante, terriblemente celoso del hombre del que estás enamorada. Porque estás enamorada de él, ¿verdad?
– Completamente.
– Bueno, ¿y de qué discutisteis?
Jennifer no sabía cómo detenerlo; aquel hombre parecía ejercer sobre ella un poder hipnótico que hacía que le pareciera natural contestar a sus preguntas. Pero le resultaba difícil analizar aquella discusión porque ni siquiera estaba segura de su verdadero motivo. Habían estado hablando de un problema que David había tenido con su empresa. A ella la solución le había parecido obvia, y se había sentido muy contenta de ayudarlo, pero de repente él había empezado a mirarla de una manera muy extraña…
– ¿Tú sabes más de esto que yo, verdad? -le había preguntado él con tono suave.
Incluso entonces Jennifer no había visto el peligro, y había replicado alegremente:
– Es algo en lo que tiene que ver mi abuelo, ese viejo granuja. Algo se me ha pegado. Mira, querido, lo que tienes que hacer es…
