
Pero David la había interrumpido en ese mismo momento, acusándola de entrometerse en sus asuntos. Jennifer lo había negado, indignada, y la situación empeoró aún más. Para cuando se separaron, casi se había olvidado del desacuerdo original.
– No tiene nada que ver con el matrimonio -le dijo finalmente a Steven.
– Me alegro. Te mereces un hombre mejor que David Conner.
– ¡No me digas eso! -se apresuró a protestar.
– ¡Bien hecho! Me gusta ese brillo que se te pone en los ojos. No te molestes en mirarlo a él: arruinarías el efecto. Concéntrate en mí. Creo que eres formidable, y además tienes valor y coraje.
– ¿Siempre les dices esas cosas a tus clientas?
– ¿Mis…? Bueno, es cierto que no lo hago tan a menudo -repuso Steven, recuperándose de su distracción-. Tiendo a espetarle a la gente la cruda verdad en vez de susurrar dulces necedades. Sonríeme. Nos está mirando.
Jennifer le regaló una deslumbrante sonrisa y Steven se la devolvió.
– Muy bien -murmuró-. ¿Sabes? Eres aún más bonita cuando te enfadas.
– Oh, vete al diablo -replicó, dándose por vencida y riendo a su pesar.
– Con mucho gusto, pero abrazado a ti. Bailando contigo, sería capaz de descender a los infiernos y luego volver -desvió la mirada hacia David, y susurró con una sonrisa en los labios-: Has conseguido preocuparlo de verdad.
– ¿A quién?
– A David. ¡No me digas que te has olvidado de ese pobre infeliz!
– Claro que no -replicó Jennifer con demasiado apresuramiento. Era cierto que se había sentido tan intrigada por la personalidad de Steven, que por un momento había dejado de pensar en David.
– Démosle un buen motivo de preocupación -sugirió Steven, acercándola más hacia sí-. Me encanta el diseño de tu vestido.
Jennifer sabía que se estaba refiriendo a su pronunciado escote, y para desmayo suyo, empezó a ruborizarse.
– Eres la mujer más bella de este salón -continuó él.
