– Deja de decirme esas cosas -susurró Jennifer.

– Me pagan para decirlas -le recordó.

Jennifer se quedó sin aliento. Había caído presa del encanto de aquel hombre… y todo había resultado ser un engaño. Sus cumplidos y sus atenciones no tenían significado alguno.

– Bueno, dado que estás bajo mis órdenes -le dijo con voz temblorosa-. Te ordeno que no sigas por ese camino.

– Me contrataste para ponerle celoso a David Conner, y eso es precisamente lo que voy a hacer.

– Te contraté como un simple complemento, para que resultaras útil a mi empresa -le dijo apresurada, recordando lo que le había dicho Trevor.

– Tonterías. Es David quien te preocupa. Aunque el motivo sigue siendo un misterio para mí.

Le levantó delicadamente la barbilla, y ella no pudo resistirse; de repente el corazón empezó a latirle acelerado. Intentó ignorar sus propias sensaciones y recordar solamente que aquel hombre estaba representando su papel. Pero fue inútil; era como si estuviera flotando en un sueño. Aquel tipo arrogante tuvo entonces la desfachatez de pasarle la punta de los dedos por los labios. Jennifer emitió un tembloroso suspiro, asombrada de las sensaciones que él le estaba suscitando. Tenía que detenerlo. Pero no hizo nada; ni siquiera podía hablar. Sentía su leve contacto en los labios, a lo largo de su mejilla y descendiendo por su cuello. Luego la acercó más hacia sí para besarla en la boca, y Jennifer tuvo la devastadora impresión de que no ejercía control alguno sobre sí misma. Perdió todo sentido del tiempo y del espacio. Era como si estuviera bailando en los cielos un vals que fuera a durar toda una eternidad. El corazón le latía con tanta fuerza que apenas podía respirar.

– Deberías soltarme -musitó.

– Si dependiera de mí, jamás en la vida te soltaría -murmuró Steven-. Te arrastraría fuera de aquí, a algún lugar donde nadie pudiera encontrarnos, para descubrir el tipo de mujer que eres realmente. Y la respuesta podría sorprenderme tanto como a ti.



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