Y antes de que Jennifer pudiera protestar, ya se dirigía hacia la pista prácticamente en los brazos de Steven.

– ¿Por qué has hecho eso? Él estaba a punto de… ¿Qué es lo que pretendías?

– Impedir que cometieras un imperdonable error. Os estaba observando, y él no iba a hacer nada. Eras tú la que ha estado a punto de caer a sus pies.

– ¡Eso no es asunto tuyo! Y jamás habría hecho tal cosa.

– Tu expresión me decía lo contrario. ¿Es eso todo lo que se necesita? ¿El chico guapo sonríe y la mujer inteligente se pone a babear?

– Suéltame ahora mismo.

Intentó liberarse pero Steven la sujetó con mayor fuerza, acercando la boca a su oído mientras bailaba.

– ¡Deberías agradecérmelo, mujer desagradecida! Si hubieras caído en esta primera prueba, jamás habrías recuperado tu relación.

– ¿Qué quieres decir?

– Era tu primer encuentro con él después de la discusión, y tú has sido la única en vacilar. Es el clásico idiota egocéntrico que siempre espera que todo le venga dado, a su gusto. Apostaría a que está pensando en sí mismo: no en ti, ni en los dos, sino en sí mismo.

Jennifer habría preferido la muerte antes que admitir que Steven tenía razón.

– No entiendo qué es lo que ven las mujeres como tú en hombres tan flojos como David.

– Él no es flojo. No es un macho arrogante, si es eso lo que quieres decir. Algunos hombres no sienten la necesidad de serlo. Es una simple cuestión de confianza.

– ¿Y qué es lo que has hecho tú para dañar su confianza?

– Creo que ya es hora de que regrese a casa -pronunció Jennifer.

– Muy bien. Agárrate a mi brazo y haremos una salida triunfal. ¡Arriba esa cabeza!

Una vez en el coche, Jennifer condujo en silencio durante un buen rato, hasta que por fin le preguntó:

– ¿Dónde te dejo?

– En la parada de autobús más cercana.



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