– Puedo llevarte a casa.

– Gracias, pero el autobús lo hará por ti.

– No hay necesidad de hacerse el mártir -insistió Jennifer con tono paciente-. Dime dónde vives.

– ¿Tenemos por fuerza que terminar con una discusión?

– ¿Qué importa ya? La velada entera ha sido un desastre.

– No toda -le recordó Steven-. Ha tenido sus momentos deliciosos…

Para su disgusto, Jennifer sintió que le ardían las mejillas. Con la intención de asegurarse de que no sospechaba nada, pronunció con tono tenso:

– Olvidémoslo. Yo ya lo he hecho.

– Eso sí que no me lo creo.

– Esas cosas pasan. La gente tiene sus deslices… que no significan nada.

– ¿Te comportas así con todos los hombres? ¡Debería darte vergüenza!

– Ya sabes a lo que me refiero. La noche ha terminado y nunca volveremos a vernos.

– ¿Eso piensas? Un hombre temerario podría tomarse eso como un desafío.

– Ni se te ocurra.

– Te apuesto un beso a que volverás a contactar conmigo antes de que termine esta semana.

– Nos estamos acercando a la parada. Buenas noches.

Mientras ella aparcaba, Steven empezó a quitarse los gemelos que le había prestado.

– Será mejor que te devuelva esto.

Jennifer no los quería; ya nunca podría regalárselos a David. La debilidad y la decepción que sentía la hicieron decir:

– No hay necesidad. Quédatelos como consuelo por haber perdido la apuesta. Sacarás una buena cantidad por ellos.

Steven ya había abierto la puerta, pero de pronto se detuvo y se volvió para mirarla:

– Quizá prefiera conservarlos para recordarte a ti.

– Yo preferiría que no lo hicieras -replicó ella, ansiando que se marchara de una vez para quedarse a solas con su tristeza-. Quiero olvidarme de todo lo relacionado con esta noche.

– Y yo no quiero que lo hagas -repuso a su vez Steven, acercándola hacia sí. Antes de que Jennifer pudiera incluso pensar, la besó en los labios con fiera intensidad.



23 из 132