
– Detente -susurró con voz ronca.
– No quiero detenerme -murmuró-. Y tú tampoco.
Jennifer intentó negarlo, pero el corazón le latía acelerado y ni siquiera logró formular mentalmente las palabras. Además, su boca la había acallado otra vez. Steven volvió a besarla como si dispusiera para ello de todo el tiempo del mundo, tentándola con la deliciosa caricia de su lengua en los labios. Aquellos hábiles movimientos parecían comunicar a sus nervios descargas eléctricas que sensibilizaban todo su cuerpo.
Jennifer levantó una mano para detenerlo, pero de pronto, como si tuviera vida propia, le acarició el rostro y hundió los dedos en su pelo. No estaba segura de nada, excepto de que se hallaba cautiva de aquel fantástico placer. Debía de estar loca para permitir que sucediera todo aquello, pero ya era demasiado tarde… Sintió entonces sus dedos deslizándose más abajo de su estrecha cintura, sobre la tela de satén que cubría sus caderas; pero de repente algo lo detuvo.
Jennifer percibió de manera inequívoca su repentina tensión, y al momento siguiente Steven interrumpió el beso y se apartó. Respiraba aceleradamente y le brillaban los ojos.
– Todo esto no debería haber pasado -le gritó Jennifer, avergonzada, en cuanto consiguió recuperarse-. Sal del coche ahora mismo -le ordenó con voz temblorosa-. Inmediatamente. ¿Me has oído?
– Sí, quizá sea mejor que escape de una vez mientras aún los dos estemos a tiempo -salió y cerró la puerta, sin dejar de mirarla a través de la ventanilla-. Hasta que volvamos a encontramos.
– Eso nunca sucederá.
– Sabes perfectamente que sí.
Sólo había una forma de acallarlo, y Jennifer no lo dudó: pisó a fondo el acelerador y arrancó a toda velocidad. Una sola mirada al espejo retrovisor le reveló que él seguía allí, sin moverse, observándola con el ceño fruncido.
Capítulo 3
A la mañana siguiente Jennifer llegó tarde a trabajar.
