
Pensaría mejor en David, cuyos delicados modales y amable naturaleza tanto apreciaba, contra la opinión de Barney y Trevor. Quería simplemente un hombre en cuya firmeza pudiera apoyarse, y David satisfacía ese requisito. O al menos así había sido hasta su discusión. Pero era culpa suya, se aseguró a sí misma: lo había ofendido al intentar ayudarlo. El tranquilo y amable David jamás había intentado apresurarla, nunca le había exigido nada. Ciertamente había habido momentos en que ella había deseado que fuera más decidido, pero por otro lado su vulnerabilidad la conmovía profundamente. No podía dar la espalda a alguien que tanto necesitaba su protección, y David sólo tenía que sonreírle y decirle: «¿qué podría hacer yo sin ti?», para que Jennifer se derritiera de ternura.
Esa era la razón por la cual lo quería tanto, la misma por la que nunca podría querer a Steven Leary, que no tenía asomo alguno de vulnerabilidad en su naturaleza. Lo que había sucedido entre ellos era algo completamente aparte, un aviso de que su sensualidad podía empujarla a los brazos del hombre equivocado si no llevaba suficiente cuidado. Pero seguiría aquel providencial aviso: nada se interpondría entre David y ella.
