Se había quedado dormida, después de haber pasado la mayor parte de la noche dando vueltas en la cama. Le horrorizaba la forma en que había sucumbido al encanto físico de un hombre al que apenas conocía, y que le había suscitado tan alarmantes sensaciones. Se había despertado con una idea fija en la mente: nunca debería volver a ver a Steven Leary. Él la había obligado a comportarse como si no fuera ella misma. O, más bien, la había hecho enfrentarse con el hecho de que no sabía quién era en realidad. Aparentemente era una ejecutiva de alta categoría aburrida de su propio trabajo… pero en lo más profundo de su interior todavía seguía siendo la niña de diez años que había sido abandonada por su adorado padre.

Pensaría mejor en David, cuyos delicados modales y amable naturaleza tanto apreciaba, contra la opinión de Barney y Trevor. Quería simplemente un hombre en cuya firmeza pudiera apoyarse, y David satisfacía ese requisito. O al menos así había sido hasta su discusión. Pero era culpa suya, se aseguró a sí misma: lo había ofendido al intentar ayudarlo. El tranquilo y amable David jamás había intentado apresurarla, nunca le había exigido nada. Ciertamente había habido momentos en que ella había deseado que fuera más decidido, pero por otro lado su vulnerabilidad la conmovía profundamente. No podía dar la espalda a alguien que tanto necesitaba su protección, y David sólo tenía que sonreírle y decirle: «¿qué podría hacer yo sin ti?», para que Jennifer se derritiera de ternura.

Esa era la razón por la cual lo quería tanto, la misma por la que nunca podría querer a Steven Leary, que no tenía asomo alguno de vulnerabilidad en su naturaleza. Lo que había sucedido entre ellos era algo completamente aparte, un aviso de que su sensualidad podía empujarla a los brazos del hombre equivocado si no llevaba suficiente cuidado. Pero seguiría aquel providencial aviso: nada se interpondría entre David y ella.



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