¿Y él? ¿Le habría ocurrido lo mismo a él? ¿O se habría estado burlando de ella? Y después… pero se negaba a recordar lo que había sucedido después.

– Creo que será mejor que hable con el señor Harker… o con Leary, o como quiera que se llame -declaró sombría.

Llamó a Empresas Charteris. Pero le respondió la secretaria de Steven.

– Dígale amablemente al señor Leary que no sé de qué se trata este juego -dijo al fin-, pero que terminaré por averiguarlo.

Nada más llegar al trabajo, Steven se había encontrado con el periódico extendido sobre su escritorio y con su plantilla de trabajadores literalmente eufórica de alegría por su triunfo. Sabían que Steven estaba en trámites de comprar Depósitos Kirkson, una empresa que operaba en el mismo ámbito que Nortons, pero Kirkson había exigido un precio demasiado alto, y todo el mundo supuso que se trataba de una hábil jugada de Steven. Observó la foto, fijándose en la forma en que el vestido de satén de Jennifer destacaba su espléndida figura. En la imagen lo estaba mirando con una expresión de delicioso abandono. Jennifer había querido que él creyera que todo era una farsa en beneficio de otro hombre, y Steven había estado a punto de creerlo… hasta aquellos últimos momentos de la velada. No solamente él había caído hechizado por el encanto de aquel baile: ella también. No podía negar lo mucho que le gustaba. Y Steven lo sabía.

Alice, su secretaria, se asomó en aquel preciso momento a la puerta de su despacho.

– James Kirkson está aquí.

James Kirkson no hizo más que repetir a cada momento las palabras «compromiso» y «replanteamiento». Steven, por su parte, procuró disimular su sensación de triunfo. Dentro de poco tiempo Depósitos Kirkson sería suyo a un buen precio. Pero la conversación fue interrumpida de repente por una llamada del intercomunicador.



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