– Sólo era una inofensiva culebrilla.

– Y luego lo del hámster… ¿Sabes? Lo de llevar animales al trabajo no es muy profesional que digamos.

– Bueno, yo nunca he sido muy profesional, ¿verdad? Al menos no como tú, ni como Barney quería que fuera. De hecho, yo no tendría que estar trabajando en Norton, lo sabes perfectamente. No estoy hecha para eso. A veces creo que debería retirarme antes de cumplir los treinta años, e intentar cualquier otra cosa.

– No puedes hacerle eso a Barney -replicó Trevor, horrorizado-. ¡Después de todo lo que ha hecho por nosotros! Es cierto que te sientes como un pez fuera del agua, pero tú siempre has sido su ojito derecho, y si te vas le romperás el corazón.

– Ya lo sé -repuso suspirando, ya que ella misma se había repetido aquel argumento unas cien veces. Jamás podría hacerle daño alguno a Barney.

– Si usaras un poquito más la cabeza, dejarías de tomar decisiones sobre las que no has meditado lo suficiente. Eres demasiado impulsiva.

Era verdad. Jennifer era impulsiva y espontánea, y aquellas cualidades chocaban con las exigencias de su trabajo. Era inteligente, y había aprendido con rapidez en el negocio, pero las personas y los animales le importaban mucho más. Aun así, no intentó explicarle eso a Trevor; ya había fracasado con demasiada frecuencia en el pasado. Simplemente se contentó con decirle:

– Esta noche tú eres el único que no ha meditado lo suficiente. Todo esto es una locura.

– ¡Tonterías! Mira, tengo que irme. ¡Ánimo! -Trevor le dio un beso en la mejilla y se marchó.

Una vez sola, Jennifer suspiró profundamente. Años atrás Trevor y ella habían estado mucho más unidos, pero tenía la sensación de que había pasado una eternidad desde entonces. Cuando intentaba discutir con él, se distraía, se sentía como perdida. De hecho, tenía la creciente impresión de que su vida estaba siendo manejada por fuerzas sobre las que no tenía ningún control.



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