Trevor le había recordado todo lo que Barney había hecho por ellos. Él los había acogido en su hogar a la muerte de su madre, cuando Jennifer sólo contaba doce años y Trevor dieciséis. Nadie había descubierto nunca el paradero de su padre desde que abandonó a su familia unos dos años antes: después de divorciarse, se fue al extranjero con su nueva amante. Sólo quedó su abuelo para cuidarlos.

Barney era muy cariñoso, pero su idea de criar a dos niños había estado determinada por su atareada vida, de manera que se los había llevado consigo en sus constantes viajes. Había sido algo divertido e interesante, pero aquello también había hecho que Jennifer se sintiera poco menos que como una huérfana.

Barney no podía sustituir al padre que la había abandonado, pero lo quería mucho y estaba siempre dispuesta a complacerlo. Se había esforzado mucho con sus estudios, disfrutando con su alegría cuando sacaba buenas notas, y poco a poco se había ido haciendo a la idea de trabajar en su negocio.

– Realmente me encantaría teneros a los dos como socios -les había comentado un día, muy contento.

Trevor había entrado en Norton nada más terminar la universidad, y desde entonces Barney había empezado a anhelar el día en que Jennifer siguiera sus pasos. No había tenido corazón para decirle que prefería trabajar con animales; decepcionarlo habría sido como arriesgarse a perder su amor, y hacía mucho tiempo que había descubierto lo doloroso que eso podía llegar a ser. Así que había entrado en la empresa y trabajado en ella sin descanso, para orgullo y satisfacción de su abuelo. Tanto Trevor como Jennifer se habían dedicado a prepararse para hacerse cargo de la empresa cuando se jubilara. Ante los ojos de todo el mundo Jennifer era una exitosa y eficiente ejecutiva, pero por dentro se sentía atrapada, fracasada…



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