
Y allí estaba, dispuesta a representar una farsa que no le interesaba lo más mínimo en compañía de un hombre al que no conocía, más prisionera que nunca de las expectativas de los demás. Y ansiando con toda su alma poder escapar de aquella situación.
Steven Leary se detuvo ante la puerta del apartamento, mirando con desazón el suburbio marginal en el que se encontraba. Doce años atrás su amigo Mike Harker había tenido posibilidades de convertirse en una gran estrella de cine, pero su carrera se había truncado y por eso vivía en aquel barrio. Steven había procurado mantener el contacto con él, pero hacía cinco años que Mike no lo veía. La puerta se entreabrió con un crujido.
– ¿Quién eres tú? -inquirió una voz apagada.
– ¿Mike? Soy yo, Steven.
– Diablos. ¿Steven? -Mike se apresuró a invitarlo a pasar y cerró rápidamente la puerta-. Temía que fueras el casero.
Se saludaron efusivamente. Mike seguía conservando su atractivo, aunque tenía los ojos legañosos y la nariz enrojecida.
– No te acerques demasiado -le dijo a Steven-. No quiero contagiarte la gripe.
– ¿He venido en un mal momento? -inquirió Steven mirando el traje negro y la corbata blanca que llevaba-. Parece como si estuvieras a punto de asistir a una gala de cine.
– Si estuviera acostumbrado a ir a esas cosas, ¿crees que viviría en un barrio como éste? -le lanzó una mirada cargada de ironía.
Mientras tomaban café, Steven le preguntó con cierto embarazo si aún seguía dedicándose al trabajo de actor. Y con mayor embarazo aún, como respuesta a sus preguntas, le habló de su éxito en los negocios.
– Todavía me acuerdo de cuando entraste en Empresas Charteris -le comentó Mike-. Te dije que terminarías dirigiendo tú la empresa, y así ha sido.
– No es para tanto -repuso Steven-. Deberías irte a la cama -le dijo a Mike.
