– No puedes ir y punto -declaró-. Usaré tu nombre, y me comportaré lo mejor que pueda. Será mejor que pase por casa para cambiarme de ropa.

– No hay tiempo. Me espera dentro de veinte minutos: tendrás que llevar mi traje. Afortunadamente tenemos la misma talla -Mike tosió de nuevo-. Espero que no te haya contagiado la gripe.

– Nunca me contagio. Soy invulnerable. ¿Qué estás mirando por la ventana?

– Ese impresionante coche, con matrícula de este año, aparcado bajo mi casa. Si fuera tuyo, nadie pensaría que eres un actor sin un céntimo, obligado a trabajar de acompañante.

– Gracias por el consejo. Lo aparcaré cerca de su casa e iré a buscarla a pie, para que no sospeche. Y ahora métete de una vez en la cama.

Jennifer se alegraba de que su acompañante se estuviera retrasando. Así tendría tiempo para dar de comer a Zarpas antes de salir.

– Vamos, date prisa. Va a venir de un momento a otro.

Zarpas reapareció un par de minutos después, chorreando agua después de haberse remojado en un charco, y no tardó en demostrarle su cariño saltando a su regazo.

– ¡Oh, no! -gimió Jennifer, mirando las manchas que le había dejado en el vestido.

Fue apresurada al dormitorio, se quitó la prenda y empezó a buscar otro vestido de noche, rezando desesperadamente para que sus peores temores no se vieran realizados.

Pero no tuvo éxito. No tenía más opción que llevar el vestido de satén azul oscuro.

– ¡Desagradecido animal! -le espetó a Zarpas-. Te rescato de la calle y ahora me haces esto.

Reacia, se puso el vestido, que le pareció todavía más atrevido que cuando se lo compró. La prenda se ajustaba a su cintura y a su vientre plano como si fuera una segunda piel, mientras que el escote era bajo, muy pronunciado. Se había recogido el cabello castaño de una manera muy sofisticada, y haciendo juego con el vestido lucía un collar y pendientes de diamante.



8 из 132