
Marc se quedó perplejo. Si su primo hubiera estado vivo, la habría estrangulado con sus propias manos.
Y cuando llegó a Australia se encontró con aquello.
– A partir de ahora estará bien cuidado -le aseguró.24
– Claro que sí -replicó Tammy. Pero estaba hablando consigo misma, no con él.
El hotel en el que Henry y la niñera estaban alojados era el mejor de Sidney, naturalmente. El portero hizo una ligera reverencia al ver a Marc y puso cara de sorpresa al ver a Tammy.
Había una alfombra roja que llevaba hasta las puertas giratorias, una cascada auténtica a un lado del vestíbulo, candelabros de cristal y un gran piano. Las notas de Chopin se confundían con el ruidito del agua.
¿Allí era donde Marc había instalado a Henry y su niñera? El dinero no parecía ser un problema para Su Alteza.
Pero ella no pensaba dejarse intimidar. Tammy dejó caer la mochila, se limpió el polvo de los pantalones y miró alrededor.
– ¿No quiere quedarse en la embajada esta noche, Alteza? -preguntó Charles, nervioso.
– Ven a buscarnos mañana a las once -contestó Marc, mirando el reloj-. El avión sale a las dos.
– Lo haré -murmuró el hombre, con expresión preocupada.
Marc y Tammy se quedaron solos en el vestíbulo. ¿Un príncipe y su princesa? No, más bien no. Tammy miró a Marc, luego miró sus botas sucias y casi le dio la risa.
Casi. Tenía un nudo en el corazón que no la dejaba sonreír.
– Lléveme a la habitación de Henry.
– ¿No quiere ducharse antes?
Ella lo fulminó con la mirada.
– ¿Qué tiempo me dijo que tenía?
– Diez meses.
– ¿Cree que le importará que mis botas estén manchadas de polvo?
– No…
– Entonces, ¿cuál es el problema?
El portero seguía esperando y, por su expresión Tammy diría que estaba dispuesto a echarla de allí en cualquier momento.
– No pasa nada. No voy a atracar a Su Alteza. Sólo quiero ver a mi sobrino -le dijo, irónica, antes de dirigirse a recepción.
